Crítica de The Mastermind(2025): reseña y opinión de la película

Puntuación ⭐⭐⭐⭐✪ (4/5)

Hace menos de dos años descubrí en Volveréis, de Jonás Trueba, el libro “El cine, ¿Puede hacernos mejores?”, reducto filosófico de la comedia americana clásica con algún que otro párrafo dedicado a obras europeas, como la genial película Cuento de Invierno de Eric Rohmer. En el libro, escrito por el filósofo americano Stanley Cavell, se explica que la tendencia filosófica que marca la sociedad americana (porque las tendencias filosóficas que imperan en una u otra sociedad varían y evolucionan) es, o era en el 2008 cuando se escribió el libro, la de Theodor Adorno, así como en los 30-40 lo fueron para el cine americano el existencialismo y Freud.

De Theodor Adorno, fallecido en el 1969, se publicaría en el 1970 una obra póstuma titulada Teoría estética, en la cual consideraría al cine como un arte-mercancía, que debería ser analizado desde la dialéctica negativa, la cual implica el análisis de un film como crítica social frente a la pseudo-individualidad que intenta imponer la industria cultural. Esta industria está, pues, buscando el estándar, forzado y repetitivo para generar un falso placer en el espectador. Es sorprendente que Adorno, hace 50 años, se anticipase a la películas-algoritmo que imperan hoy por los canales de streaming habituales. Las cuales, queda claro, son consecuencia directa de un problema que se lleva arrastrando desde hace ya muchas décadas.

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Cartel de la cinta

Sin embargo siempre han habido bastantes cineastas de todo el mundo que han buscado o siguen buscando de una manera u otra, la dialéctica negativa. Ryusuke Hamaguchi, Aki Kaurismäki, Radu Jude, Pedro Costa, Bela Tarr, Jean-Luc Godard, Harun Farocki, Abbas Kiarostami…, y poniendo ejemplo de los Estados Unidos nos encontramos a Monte Hellman, quien en 1971 hablaría de la crisis socio-cultural de la juventud americana en la década de los 60-70 en su película Carretera asfaltada en dos direcciones. Ejemplo que viene a cuento por los paralelismos con la cinta de Reichardt.

Y es que de manera más o menos evidente las obras críticas del cine americano de aquellos años abordaban los problemas derivados de una época. La guerra de Vietnam y las consecuencias que esta tuvo en el ámbito cultural se reflejaron rápidamente en el cine. Ya había ocurrido antes con la decadencia del western en post del cine bélico y negro durante la segunda guerra mundial. Y ocurriría más adelante, aunque de manera un poco más forzada con la más famosa que buena El club de la lucha, de David Fincher, donde aborda en el famoso monólogo de Taylor Durden (Pitt) este mismo problema desde el otro lado. Los problemas de una generación que ha nacido sin vivir ninguna guerra.

El caso más llamativo me parece el de Taxi Driver, en la cual Travis Bickle (De Niro), traumado por lo vivido durante la guerra de Vietnam, volvía a su país sin poder pegar ojo y viendo cómo acababa convirtiéndose en un cero a la izquierda de una sociedad que le debía algo. En una brillante escena en la cual Bickle echa una pastilla a un vaso y ve cómo se disuelve, generando una disociación en su propia persona, queda reflejada la idea de Adorno.

The Mastermind no es una película de los 70, pero es una película centrada en los 70, que parte a su vez de la Teoría Estética. La película, en cierta manera, se asemeja a la de Monte Hellman en contraparte a la de Scorsese. JB Mooney (O’Connor) no ha ido a la guerra como Bickle, pero arrastra traumas relativos a la misma. En una clara crisis de identidad, como artista fracasado reconvertido en carpintero en paro, siente que le deben algo, que está destinado a cotas más altas mientras la sociedad no para de recordarle que debería de estar en la guerra.

Tráiler de The Mastermind (2025)

Si una cosa envidio de las cineastas-guionistas es que saben escribir personajes masculinos. Y es que muchas veces se ha dicho que los guionistas hombres no saben crear personajes femeninos, abocados casi siempre al cliché. Pero me atrevería a decir que hay pocos que sepan construir personajes masculinos realistas. Por el contrario la tendencia es de crear personajes con una representación pseudo-individual que tienden hablar de expectativas y no realidades, expectativas que convienen a la industria, que emocionan, conmueven, pero distan de la realidad.

Cuando veo un personaje escrito por Joana Hogg veo esas capas que humanizan al personaje y lo hacen estar por encima del mero entretenimiento cinematográfico. Lo mismo me pasa con Celine Sciamma, Pilar Palomero, Chloe Zhao, Jane Campion, y, evidentemente con Kelly Reichardt, el personaje de Josh O’Connor está excepcionalmente escrito.

Kelly Reichardt tiene esa virtud de entender a los personajes masculinos desde la fragilidad y la amistad que tan pocas veces ha sido bien abordada en el cine. Y es que si en First Cow veíamos esos lazos de amistad estrecharse, en The Mastermind lo que vemos son los trazos rotos de esa amistad que se deshace tras llegar a la madurez. Esas relaciones personales que se van deteriorando con el paso de los años y como volvemos a ellas pensando que nada ha cambiado. Y nada ha cambiado, pero al mismo tiempo ha cambiado todo. La película es Kim Min-hee volviendo a ver a sus amigas en The Woman who Ran. Son Chishu Ryu y Chieko Higashiyama volviendo a ver a sus hijos en “Cuentos de Tokio” y es también de alguna manera Kurt Raab en ¿Por qué le da el ataque de locura al señor R.?. Es el efecto del paso del tiempo en las relaciones interpersonales abordadas desde lo intrapersonal. En el caso de O’Connor desde la imposibilidad de comprenderse.

Todo esto, por supuesto, es pura composición de guión. La construcción de personajes es tal vez uno de los apartados más maltratados en el cine comercial y uno de los más mimados en el cine independiente-de autor. Pero la cinta no sólo se queda en la construcción de personajes, si no que aborda de manera inteligente la narración de los hechos. La película arranca como cine negro. Película de atracos. Y estas han sido abordadas de infinidad de maneras distintas. Se ha intentado de todo, desde el atraco perfecto, donde los personajes elaboran un minucioso plan y el espectador se pregunta: ¿Qué saldrá mal? Como en The Killing o Rufufu. Hasta la elipsis del mismo en una radicalidad más contemporánea, como en Reservoir Dogs. Los más originales cuentan la historia de un atraco perfecto desde y hasta el atraco, como en Plunder Road, film que, por cierto, dialoga muchísimo, extrañamente, con The Mastermind, y finalmente el film en cuestión donde el atraco está pero no importa, es el McGuffin para contar otra cosa, la disolución de la pastilla de Taxi Driver ejemplificada en el personaje de JB.

Tampoco se corta Reichardt de hacer hincapié en la industria del arte. La película está filmada como un cuadro de Hooper hasta tal punto que en un paneo de 360º nos recuerda que no es un cuadro pictórico, si no uno cinematográfico. El atraco en un museo de arte contemporáneo es torpe, el móvil del atraco lo es más, pero no es necesario nada más para efectuar eficientemente un robo del incomprendido arte abstracto, de la pintura, denostada de la sociedad pese a vivir su apogeo, incomprendida como el propio JB. y no es baladí que el incidente incitador, el motor sobre el que girará la película una vez superado su primer tercio, sea propiciado por las relaciones personales de sus incomprendidos protagonistas.

Así pues The Mastermind corre el riesgo de ser una película tan incomprendida como sus personajes, pero que dialoga con Adorno, abordando la crisis de los treinta de un personaje que siente que no ha cumplido con las expectativas que se tenía sobre él en el contexto de la guerra de Vietnam, ejerciendo una suerte de torpe introspección para tropezar una y otra vez en los mismos errores.

Alabada sea Kelly Reichardt.

Ficha técnica:

The Mastermind (2025)

  • 110 minutos
  • Dirección: Kelly Reichardt
  • Guión: Kelly Reichardt
  • Reparto: Josh O’Connor, Alana Haim, John Magaro.
  • Fotografía: Christopher Blauvelt.
  • Música: Rob Mazurek.
  • Género: Drama.

1 comentario en «Crítica de The Mastermind (2025)»

  1. Interesante paralelismo en tu crítica.
    Me gusta cómo tu análisis refleja la perspectiva de Theodor Adorno, siempre referente para comprender la cultura y la sociedad, casi siempre en su parte negativa.
    En mi opinión, conecta muy bien con la obra de Michael Haneke, uno de los directores más ácidos de los últimos años, que evita soluciones fáciles y muestra la crudeza de la realidad sin redención cinematográfica. Tanto Adorno como Haneke ponen de relieve cómo la sociedad fomenta la pasividad frente al mal.

    Aun sin haber visto la película, tu comentario deja claro que probablemente no será del gusto de todos los públicos; sin embargo, seguro agradará a quienes buscan algo más que simplemente pasar un buen rato entre palomitas y mantas.

    Enhorabuena por la crítica Ramón.
    ¡Saludos!

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