Crítica de Drácula (2025): reseña y opinión de la película
Puntuación ✪✪ (3/5)
Drácula (2025) es una película dirigida por Luc Besson, cineasta francés que cuenta con una filmografía de lo más variopinta en la que destacan títulos como Nikita, dura de matar (1990), El profesional: León (1994), El quinto elemento (1997) Juana de Arco (1999) y Lucy (2014) entre otros títulos.
El cine de Besson se caracteriza por presentar historias con un ensamblaje visual elaborado donde usualmente prima la máxima de estilo sobre sustancia y todo se ve impregnado de un aire eminentemente europeo que ayuda a sobrellevar las abigarradas estructuras narrativas del artífice galo.
En esta oportunidad, Besson se dispone a ofrecer su visión de Drácula, uno de los personajes más famosos de la literatura y el cine de terror así como referente por excelencia de las historias sobre vampiros. Con una puesta en escena elaborada y una interpretación de la icónica obra de Bram Stoker que se inclina hacia el romanticismo, ¿Se trata de un experimento exitoso para Besson?
Tras la muerte de su esposa (Zoë Bleu), un príncipe (Caleb Landry Jones) del siglo XV renuncia a Dios y se convierte en vampiro. Siglos más tarde, en el París de finales del siglo XIX, ve a Mina (Zoë Bleu) una mujer parecida a su difunta esposa y la persigue, sellando así su propio destino.

Cartel de la cinta
Una propuesta tan exagerada como entretenida, Drácula reúne todos los elementos habituales del cine de Besson en un recorrido extravagante por los entresijos del romance gótico bañado en una explosión de brillo pop e influencias literarias que según el tipo de espectador puede suponer una experiencia disfrutable o un producto deleznable.
Como en todas las películas de Besson, la factura visual y técnica de Drácula es uno de sus elementos más atractivos. Empezando por un diseño de producción fantástico que nos transporta a los aposentos del Conde Drácula con un balance entre lo lúgubre y lo estético que recuerda a cintas como La bella y la bestia (1946) y La cumbre escarlata (2015) con estancias llenas de detalles, mesas inmaculadas y candelabros de lo más rococó, para luego transportarnos a un París de ensueño en la segunda mitad de la historia, todo lujo y creatividad en los escenarios que se presentan, uno más espectacular que el otro, algo a lo que también contribuye la preciosista fotografía de Colin Wandersman con una paleta de colores exuberante donde predominan los tonos naranjas y amarillos que reproducen la estética de un tebeo, además de algunas licencias poéticas memorables como el horizonte teñido de rojo escarlata antes de una secuencia de batalla. El vestuario presenta diseños de época suntuosos con una influencia clara de la cinta María Antonieta (2006) y la edición a cargo de Lucas «Kub» Fabiani envuelve toda la narrativa con transiciones bellísimas y un ritmo dinámico, sobre todo durante la secuencia del recorrido que hacen los personajes a través de la feria.
Pero la joya de la corona es la evocadora música de Danny Elfman que recrea a la perfección el ambiente de cuento y fantasía con temas de gran belleza y misticismo, así como una composición romántica que funciona como hilo conductor de la relación entre Drácula y Mina.
No tan efectivos son el maquillaje que funciona a la hora de complementar el look de época de algunos personajes y en la recreación de la sangre y los colmillos adherentes al universo vampírico, pero falla en la caracterización de Drácula como una criatura envejecida, con un aspecto cutre que simula una máscara de tienda de disfraces y no un trabajo digno de una super producción. Asimismo, los efectos especiales cantan en determinados momentos con un CGI deficiente, sobretodo en la creación de las gárgolas que fungen como secuaces del personaje titular, un despropósito tanto en diseño como en su acabado visual.
Tráiler de Drácula (2025)
La difícil tarea de llevar a cuestas el peso de la historia recae en Caleb Landry Jones quien da vida a Drácula y aprueba con nota, gracias a su interpretación magnética que logra el encanto seductor y la vis intimidante que caracterizan al personaje, así como el halo trágico que lo envuelve tras la muerte de su esposa. Un trabajo sólido. Nuestro protagonista está arropado por secundarios de lujo como Christoph Waltz como un ceremonioso pero calculador Van Helsing y una divertidísima Matilda De Angelis como la poseída María en una versión femenina del clásico personaje Renfield. El punto de discordia lo marcan una inexpresiva Zoë Bleu en el rol de Mina, cuya actuación débil y escasa química con Landry Jones le restan enteros a la historia de amor y Ewens Abid como un caricaturesco Jonathan Harker.
Pero el elemento más irregular de Drácula es su guión escrito por Besson. Por un lado, es fascinante observar como el cineasta subvierte algunos de los pasajes más conocidos de la novela de Stoker para aportarle un toque identitario más diferenciador, pero esto acarrea una tendencia a subrayar momentos clave y adornarlos de agregados dramáticos o cómicos innecesarios que no aportan gran cosa y entorpecen la propuesta.
También hay que aclarar que a pesar de contar con escenas sangrientas y batallas épicas, esta versión de Drácula está más enfocada en el plano romántico con un hilo narrativo que sigue la trayectoria de Drácula, de Bram Stoker (1992) de Coppola con todo el embalaje argumental de un príncipe torturado que vende su alma tras la muerte de su amada y la búsqueda del amor eterno como único alivio tras ser convertido en un ser de la noche. Esto da lugar a secuencias dramáticas de vis teatral y una intensidad formal que funciona a ratos pero se siente forzada en su totalidad, como en los primeros minutos de la cinta que se asemejan a un romance erótico de sobremesa. Tampoco ayudan algunas prestaciones literarias que Besson introduce en la historia, como una fragancia que hace caer a los personajes bajo el hechizo de Drácula, un elemento claramente extraído de Perfume, historia de un asesino y que aquí se siente como una copia burda en lugar de una referencia entrañable.
Con todo y ello, la historia resulta entretenida de seguir, sobre todo a partir de la llegada de Drácula a París donde Besson mejora como narrador y concluye de manera satisfactoria con una confrontación decisiva que se adhiere al material de Stoker y lleva a Van Helsing a terrenos interesantes en su misión de acabar con el mal absoluto. Un cierre correcto.
La dirección de Besson es vistosa, con una puesta en escena que funciona a la hora de adentrar al espectador en la historia y una serie de coreografías muy creativas que simbolizan el trance en el que se ven inmersas las víctimas de Drácula, con mención especial para la que involucra a unas monjas, visualmente impactante y el momento de terror más logrado de la producción. Menos efectivo resulta el planteamiento de otras secuencias, como la primera charla entre Van Helsing y Maria, a caballo entre la intriga y la comedia, con un resultado de cinta de serie b, pero en general el balance es positivo.
En conclusión, Drácula es otro experimento peculiar en la filmografía de Luc Besson. Un apartado visual exquisito y un buen elenco para una historia que no está en el mismo nivel pero de todas maneras se traduce en un entretenimiento sin pretensiones que resulta agradable de ver en la gran pantalla.
Ficha técnica:
Dracula: A love tale (2025)
- Francia
- Duración: 129 min.
- Dirección: Luc Besson
- Guion: Luc Besson
- Música: Danny Elfman
- Dirección de fotografía: Colin Wandersman
- Productora: EuropaCorp
- Distribuidora: Leonine Distribution
- Género: Romance. Terror
