Crítica de 'The Square'

La cultura complaciente

En la escena que ilustra el cartel de The Square (2017) de Ruben Östlund, un performer realiza una acción durante una ceremonia exclusiva con los stakeholders del museo, en la que les propone abrir su espacio de privilegios a lo no-humano. Pocas veces he visto, no ya en medios artísticos, sino en mis relaciones personales, un reconocimiento tan sincero de los propios privilegios sin necesidad de añadir ninguna autoexculpación final, tal y como sucede aquí. 

A mi parecer, la película se merece los premios que lleva sólo por ese gesto. Como decía, aunque los humanos pueden permitirse este contacto con lo no-humano, pueden mirarlo, hablar, reflexionar sobre él, representarlo y cuestionar el sistema que produce ambas categorías; lo humano y lo no-humano nunca llegan a tocarse realmente, y esta falta de relación se codifica en una serie de beneficios para los humanos.

En este caso se trataría de una vigilancia y control constantes de todo aquello que pueda perturbar una especie de estado de complacencia del espectador consigo mismo.

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The Square (2017)

El arte que se pretende perturbador en realidad no llega ni a acariciar ese espacio privilegiado de tranquilidad. De hecho, el arte habría perdido cualquier capacidad de agitación, de radicalidad. Eso que se llama “la experiencia cultural del usuario” debe ser primordialmente agradable. No hace falta que la emoción que ofrece una obra sea cualitativamente positiva, el humano necesita llorar un poco de vez en cuando para recordar su humanidad, indignarse un poco también. Pero es necesario que la experiencia general no sea desagradable, incómoda, desapacible, o de lo contrario se rompería esa burbuja de privilegio en la que lo coloca la cultura.

Pero esta protección de la calma de sus emociones llega hasta el último de los detalles, por ejemplo, que si el espectador va al baño durante la función, no sea capaz de percibir ningún olor, y por supuesto que no pueda siquiera intuir el cansancio en los ojos del vigilante de sala que espera acabar su turno. 

Se da la coincidencia de que me encuentro estudiando un curso de marketing enfocado a instituciones culturales, imprescindible, parece ser, para la sostenibilidad de la cultura. Teóricamente no hay nada criticable en el marketing enfocado a la experiencia de usuario. 

Contiene en su discurso más veces las palabras comunidad, empoderamiento y compromiso que una tesis sobre género. 

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Fotograma de la película

Mientras tanto no puedo evitar preguntarme qué consecuencias puede tener para la cultura adoptar los modos de un hotel de cinco estrellas, para qué sirve una cultura que aspira a ser agradable.

Por Cristina